viernes, 11 de febrero de 2011

Un domingo que suicida (Resaca en pasado perfecto)


Era una tarde de domingo que hubiera suicidado a más de uno. Abrió los ojos y buscó hacer foco en algún extraño punto de la húmeda habitación. La misión no era nada fácil, el vértigo de la noche seguía vigente y el regurgitar vengativo del  falso fernet, se hacía notar llenando de hastío sus cuerdas vocales. ¿Coordinar?, olvidate. Miró el radio reloj con desprecio y prendió el celular con esperanza, nunca supo de qué, pero es lo último que se pierde. Perder, es maldita costumbre.

Buscó los cigarrillos, miró por la ventana, se tocó el costado derecho, enfiló para el baño. El espejo mucho no lo ayudó, "estás cosas nunca mienten" balbuceó. Terminado el matenimiento corporal, al cuál no le puso mucho esmero, intentó rememorar la caravana que lo había depositado en el mismísimo infierno de la acidez estomacal. Dejó caer los párpados en señal de concentración y se limitó a enumerar. Un asado, seis fernets, dos amigas, un papel, cuatro whiscolas, una turra que se hizo la interesante, un meo en la calle, el bar lleno de idiotas, millones de carcajadas, porro a discresión, cuatro cervezas, sinceridad de borrachos... mil, otra mina sobrevalorada, dos atados de puchos, un boludo que se comió el agite, una poco agraciada dama que se copó, la moza tetona, "un daikiri de frutilla para la señorita", la mentira disfrazada de piropo, la procesión al garcho, un polvo para el olvido, un número de celular falso para darle esperanzas, un "te llamo en la semana" cruel, cinco taxis que lo ignoraron y un tachero erudito que no paraba de hablar.

Redondo el asunto, el dolor de cabeza no es un precio demasiado alto para semejante noche, al menos los recuerdos existentes, así lo demuestran. Ya vendrán los momentos de desazón, la guita desperdiciada, las fotos que lo etiquetan sin piedad y esas pequeñas cosas que la memoria ebria y selectiva, deja a criterio del maltratado cerebro. Por suerte, o por desgracia, hay gente que completa la historia, esos biógrafos apócrifos que se toman todas las atribuciones que le da la amistad incondicional, destrozando impunemente la anécdota más pintoresca. Nadie puede juzgarlos, están en las buenas y en las malas.

El silbido de la pava indica el momento de activarse, la merienda de campeones para nivelar el aparato digestivo es la receta que ningún médico se atreve a prescribir. Ya es tarde para ver "que onda", el cuerpo sigue sin responder pero la vida continúa, aunque sea un domingo de esos que hubiera suicidado a más de uno.

Música maestro.